"¿Cómo supiste? ¿Cuándo supiste que ser religiosa era tu llamado?
¿Qué no puedes servir a la iglesia sin hacerte monja?" Estas son
algunas de las preguntas que me hacen mis familiares y amistades.
Normalmente sonrío un poco pero no puedo contestar con una sola respuesta
ya que me tomó tiempo poder descubrir mi vocación a la vida religiosa.
Siempre he estado consiente de que Dios ha estado presente en mi vida de
una manera especial y muy real. Al recordar mi historia creo que solo el
hecho de estar viva es un regalo y un milagro.
Nací en Granada,
Nicaragua. Soy la menor de tres hijos. Mi hermana es tres años mayor que
yo y mi hermano es once meses mayor que yo. Yo soy la hija a quien llaman
la hija ¡sorpresa! Mi mamá y papá no habían planeado tener otro bebé
tan pronto después de mi hermano. "¿Qué voy hacer?" dijo
papá "Acabamos de tener un niño y todavía no me he alivianado de
esa deuda." El doctor le respondió diciendo, "Pues si usted
quiere yo le puedo poner una inyección a su esposa y ya con eso no
estará embarazada." Mi mamá se asustó al oir esto y papá
respondió "No, eso no. Yo voy a buscar la manera, pero eso no.
Nosotros vamos buscar alguna manera de cómo seguir adelante. Pero eso
no." Yo me sorprendí al escuchar esta historia pero estoy muy
agradecida con mis padres por decirle sí a mi vida desde un principio.
Durante mi niñez en Nicaragua, a mi familia le encataba participar en la
parroquia. Asistíamos las procesiones, las celebraciones y los
acontecimientos durante las fiestas o los fines de semana. Rezabamos el
rosario cada noche con nuestros abuelitos, tíos y tías. Poníamos en
práctica nuestra fe diariamente y nos gustaba hacerlo. La iglesia nos
proveía apoyo durante los momentos de caos a causa de la guerra civil que
empezó en 1979.
My familia emigró a Estados Unidos en los 80s. Salimos
de Nicaragua en busca de una vida mejor, huyendo de la devastación que
dejó la guerra. Mi papó vino primero llegó en 1981 y dos años después
vino el resto de la familia. Yo tenía 8 años pero recuerdo la
experiencia muy bien. Viajamos en autobus la mayor parte del camino hasta
llegar a México. Después viajamos en barco, microbus, y hasta carro
hasta que llegamos a Tijuana, México. Cruzar la frontera hacia Estados
Unidos fue muy difícil y peligrosa.
Llegamos a Los Angeles, California, y
nuestras vidas cambiaron por completo. Tuvimos que aprender el inglés y
acostumbrarnos a una nueva cultura y a una nueva vida. No fue fácil al
principio estar en un nuevo país pero teníamos mucha esperanza y
queríamos una vida mejor en nuestro nuevo hogar. Mi familia se sentía
muy bendecida al poder coninuar practicando nuestra fe en la Parroquia de
La Asunción en el Este de Los Angeles. Dios continuó siendo generoso con
nosotros.
Durante el tiempo de la adolesencia me involucré mucho en La
Asunción. Ayudaba en el catecismo, participaba en el coro, en el grupo de
jóvenes y en la clase de confirmación. Me daba mucho gusto poder ayudar
en mi comunidad. Sentía que estaba contribuyendo a mi parroquia ya que
ella me había dado mucho a mí y era una manera de agradecerle todo el
apoyo recibido. Había considerado entrar al magisterio desde muy pequeña
así que el estar involucrada me ayudópara poder empezar a enseñar y me
encantaba hacerlo.
Trabajé con un grupo de hermanas de mi parroquia.
Ellas fueron muy cariñosas conmigo y me gustaba pasar el tiempo con ellas
después de clases y durante los fines de semanas. Había considerado
hacerme religiosa pero, en mi mente, o eras maestra o eras religiosa. No
podía concebir que alguien pudiera hacer las dos cosas. Además, estaba
interesada en los muchachos y tenía novio así que la vida religiosa no
era una prioridad.
Después de terminar la secundaria fui a la Universidad
de Loyola Marymount en Los Angeles y estudié magisterio y español.
Cuando estaba en la universidad estaba en el coro de la capilla y en el
coro bilingüe y trabajaba con unas hermanas Josefinas que participaban en
la universidad planeando retiros. Sentía la satisfacción de poder ayudar
en la iglesia una vez más.
Durante mi último año en la universidad mi
hermana y yo vivimos con dos religiosas de las hermanas de San José de
Orange. El convento estaba a dos cuadras de la universidad. Disfruté
mucho vivir en comunidad ya que rezábamos juntas en la noche y tenía
mucho tiempo en silencio para poder hacer mi tarea. Este fue uno de los
mejores años para mi en la universidad y mi primera experiencia de vivir
con mujeres religiosas. Aprendí que ellas viven una vida normal ya que
son seres humanos. Ellas iban a su trabajo y tenían días buenos y otros
no muy buenos también. Al terminar sus días de trabajo regresaban a
casa, cenaban, rezaban y hasta ¡veían la televisión! Dios me bendijo
una vez más y experimenté mucha paz y amor ese año.
Después de
terminar mis estudios participé en un programa de estudio en Francia. Fui
a Francia por cinco semanas con un grupo de 30 personas que iban de la
Universidad. Tomamos clases de Francés y Filosofía durante la semana y
viajábamos durante los fines de semana. Fue una experiencia muy memorable
que causó un gran cambio en mi vida. Fui a misa un domingo en el pueblo
de Annecy y descubrí que la mayoría de las personas en la iglesia eran
mucho mayor que yo en edad. Mi amiga y yo éramos las más jóvenes en la
iglesia. Hasta el sacerdote y su ministros era mayores y hasta se le
dificultaba subir al altar. En ese momento pensé "Mi iglesia
necesita gente joven que ayude. Por qué no me hago religiosa yo?"
Pero al reconocer lo que estaba pensando dejé de pensar en eso lo más
pronto posible.
Al regresar de Europa seguí con mi vida. Empecé a
enseñar en una escuela pública y continué enseñando catecismo también.
Pasaron dos años para que pudiera compartir mis inquietudes con una
hermana de San José. Ella me respondió de una manera muy calmada que a
ella le encantaría que yo entrara a su comunidad pero era el Espíritu
Santo quien me iba ayudar en el disernimiento. Ella me dio el número de
la directora vocacional de la arquidiócesis de Los Angeles. Yo me puse en
contacto con ella y empecé el proceso formal de disernimiento.
También
le dije al párroco de mi parroquia que estaba interesada en la vida
religiosa. El me dijo "No te procupes, Dios te dará claves en el
camino. Si en verdad tienes una vocación a la vida religiosa Dios te lo
hará saber. Pero no esperes estar un día en oración y que un ángel va
bajar del cielo a decirte "Verónica entra a las hermanas de . . .
porque esto no va ocurrir. Llevalo al suave y después tú sabrás."
Creo que esas fueron unas de las palabras más alentadoras que escuché.
Le agradecí a Dios por el consejo del párroco.
Durante el proceso de
disernimiento encontré un guía espiritual. Nos reuníamos una vez al mes
para hablar acerca de mi vida y de cómo podría orar durante este tiempo
de búsqueda. Fui a diferentes talleres que fueron patrocinados por la
arquidiócesis. Empecé a leer más acerca de las diferentes
congregaciones con la ayuda de la directora vocacional. "Trata de
visitar su página electrónica" ella me dijo. "Nota cóomo te
sientes cuando visitas a las hermanas. Pon atención de cómo te sientes
porque esto es muy importante." Así que tomé su consejo y empecé a
ver en el internet las páginas de diferentes congregaciones. Les mandé
correo electrónico a varias congregaciones y les llamé por teléfono.
Las Hermanas de la Santa Cruz fueron las primeras en responder my correo
electrónico. Me puse en contacto con las hermanas en Los Angeles. Me
gustó mucho que vivían en un área pobre de la ciudad. Las visité en el
convento de Santa Inés en Los Angeles y me gustó la manera en que
convivían entre ellas. Noté que era un grupo muy animado y lleno de vida.
Ellas comporatían sus historias y hablaban acerca de sus diversos
ministerios. Eran muy acogedoras y yo me sentía muy bien entre ellas.
Sentía que podía ser muy espontánea entre ellas. Continué
visitándolas y les hacía muchas preguntas acerca de la vida religiosa.
Durante el primer año que estuve en contacto con las Hermanas de la Santa
Cruz visité la Casa Madre en South Bend, Indiana. Aprendí mucho acerca
de la historia de la congregación y de cómo empezaron. Empecé a
imaginarme ser parte de este grupo pero quería estar más segura ántes
de comprometerme. Durante ese año les pregunté a las hermanas en Los
Angeles si sería posible vivir con ellas para aprender más acerca de
ellas. Las Hermanas de la Santa Cruz aceptaron y empecé a vivir en el
Convento de Santa Inés.
Ese año me hice pre-candidata y continué con el
proceso de discernimiento. Aprendí más acerca del carisma de la
comunidad através de mi experiencia al vivir con ellas. Continué con mi
trabajo de tiempo completo y empecé a enfocarme en tratar de pagar mis
deudas estudiantiles. Disfruté mucho vivir con las hermanas y la
experiencia me ayudó a concretizar mi decisión de entrar al programa de
Candidata de Las Hermanas de la Santa Cruz. Fui aceptada en el program y
ya he completado esta etapa en la formación. Al paso del tiempo puedo
entender más la importancia de mi vocación. Dios me sigue dando claves
en el camino. Reconozco que esto es lo quiero hacer con mi vida y que
quiero perseverar en esta jornada donde continuo experimentando ¡las
sorpresas gozosas de Dios!
* * *
"Las Viajes de Santa Cruz" son historias vocacionales
diseñadas para compartir las vidas de las Hermanas de La Santa Cruz con
jóvenes que están explorando la posibilidad de entrar a la vida
religiosa. Hay una serie de historias acerca de hermanas que participan en
diversos ministerios.
La Congregación de las Hermanas de la Santa Cruz es una comunidad
internacional cuya casa Madre se encuentra en Saint Mary's, Notre Dame,
Estados Unidos. Su enfoque ministeriales es en la justicia, la educación,
la salud y otros servicios pastorales. La Congregación trabaja en
Bangladesh, Brasil, Ghana, la India, México, Perú y Uganda, al igual que
en Estados Unidos. La congregación fue fundada en 1841, y cuento con
aproximadamente 600 miembros a través del mundo.
Contacto:
Hermana Micaela Toepp, CSC
Apdo. Postal #54
Guadalupe, Nuevo Leon
Mexico 67101
81-83-23-34-08
micaela@hermanasdelasantacruz.com
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