CONGREGACIÓN PARA LAS CAUSAS DE LOS SANTOS
Le Mans
Beatificación y canonización del Siervo de Dios
Sacerdote y Fundador de
la Congregación de religiosos y religiosas de
Santa Cruz
(1799-1873)
“He aquí a Dios, mi Salvador: estoy seguro y
sin miedo” (Is. 12,2)
El siervo de Dios, Basile Antoine Marie Moreau, sin poner su confianza en medios meramente humanos, puso su confianza en Dios y encontró el Él la fuerza para enfrentar innumerables dificultades, y superó grandes sufrimientos. En el período que siguió a la Revolución Francesa, se dedicó efectivamente a la renovación espiritual de la Iglesia por medio de las misiones parroquiales, la educación cristiana de la juventud y varias otras obras de caridad. Para asegurar la estabilidad y continuidad de sus obras, fundó una nueva familia religiosa con dos ramas, una para hombres y otra para mujeres, conocida actualmente como Congregación de Santa Cruz.
Este verdadero testigo de Cristo nació el 11 de
febrero de 1799 en la aldea de Laigné-en-Belin (Sarthe, Francia) en una familia
de comerciantes. Su familia le enseñó
la moral cristiana y su párroco le enseñó el catecismo; éste le enseñó también
las letras básicas. Ingresó al colegio
vecino de Chateau-Gontier y, más tarde, al Seminario de Le Mans, donde estudió
filosofía y teología.
Fue ordenado sacerdote el 12 de agosto de 1821,
y, para que continuara su formación, fue enviado por su obispo al Seminario de
Saint-Sulpice, en París, donde se dedicó a
estudios adicionales por dos años.
Al retornar a Le Mans, asumió la responsabilidad de enseñar filosofía,
teología dogmática y Sagrada Escritura.
Al mismo tiempo, se involucró además constantemente en actividades
pastorales. Profundamente comprometido
con el Reino de Dios y la salvación de las almas, estableció en agosto de 1835
una sociedad de sacerdotes diocesanos para ayudar a los párrocos, especialmente
en sectores rurales, por el ministerio de la predicación. Poco después de esto, recibió el mandato de
su obispo de hacerse cargo del Instituto de los Hermanos de San José, fundado
quince años antes por el Padre Jacques-Francois Dujarié, sacerdote de la misma
diócesis. Este Instituto había sido
fundado para proveer educación primaria a los niños de las aldeas de la
región. El Siervo de Dios unió su
sociedad de sacerdotes con los Hermanos de San José, unión creada por el
llamado “Pacto Fundamental” de 1° de marzo de 1837. Puso así el fundamento de la Congregación de Santa Cruz, dedicada
a asistir en sus necesidades pastorales y educacionales a la Iglesia de
Francia, que había sufrido recientemente tan grande devastación. En 1838, el Siervo de Dios dio una regla de
vida a un grupo de mujeres que había reunido para que asistieran a los
sacedotes y hermanos de Santa Cruz. A
estas mujeres les asignó las tareas domésticas y de cuidado de los enfermos en
sus instituciones educacionales. Más
tarde, les encomendó la tarea de enseñanza.
El 15 de agosto de 1840, el Siervo de Dios fue el primer sacerdote de la
nueva Congregación de Santa Cruz que pronunció sus votos religiosos
públicos. Sus sacerdotes, hermanos y
hermanas religiosos fueron conocidos como “Salvatoristas,” “Josefitas” y
“Marianitas” de Santa Cruz. Más tarde,
por petición de la Santa Sede, las Hermanas se convirtieron en una Congregación
de derecho pontificio, con el nombre de “Marianitas de Santa Cruz,” que recibió
la aprobación de la Santa Sede en 1867; el instituto de los varones había
recibido la aprobación papal en 1857.
La obra fundada por el Siervo de Dios para
difundir el Evangelio en regiones rurales y en las misiones extranjeras, y para
proveer una educación cristiana a jóvenes necesitados de asistencia material y
espiritual, se desarrolló rápidamente, extendiéndose a América del Norte y al
continente americano. El Fundador abrió
también el primer orfanato rural en Roma, a petición del Beato Papa Pío IX,
quien le otorgó el título de Misionero Apostólico. Sin embargo, como sucede a menudo a los amigos de Dios y los
fieles testigos del Evangelio, el Padre Basilio tuvo que sufrir acusaciones
falsas y el rechazo.
En realidad, algunos miembros del Instituto al
que se había entregado por entero lo acusaron injustamente de mala
administración, llegando además a acusarlo de ejercer un control tiránico. Por esta razón, estimó mejor reununciar como
Superior General. Su decisión fue en un
primer momento rechazada por la Santa Sede, pero más tarde fue aceptada.
Padeció estos sufrimientos con notable
serenidad, encontrando consuelo en su fe en Cristo, que iluminaba sus
pasos. Creía firmemente en la verdad de
la Revelación, y en su predicación proclamaba constantemente estas verdades al
pueblo de Dios. Alimentaba su propia
espiritualidad por medio de la Eucaristía y su devoción a la Santísima Virgen
María y a San José. A lo largo de su
vida, mantuvo su mente fija en el cielo.
Vivía bajo la mirada de Dios y volvía sus
pensamientos y obras hacia Él. El amor
de Cristo le motivaba a hacerse prolífico en su actividad apostólica y a
emprender su trabajo por la gloria de Dios y la salvación de las almas. Tanto por el ejemplo de su vida como por sus
escritos, hizo los mayores esfuerzos por exhortar a los demás a evitar toda
clase de pecado. Hombre de actividad
incansable, aceptó innumerables sacrificios por el bien de otros, en quienes
contemplaba el rostro del Divino Redentor.
Algunos de los miembros de su Congregación, por
negligencia, fueron causa de serior problemas económicos; sin embargo, actuó
con tal sentido de prudencia y justicia que protegió tanto la buena fama del
Instituto como también los legítimos derechos de sus acreedores. Fue fiel a las leyes de la Iglesia y a la
Regla del Instituto que había fundado.
Dominó admirablemente su naturaleza algo impetuosa. Llevó una vida sencilla y austera, añadiendo
voluntariamente actos de penitencia a los ya prescritos por la disciplina de la
Iglesia. Con paciencia y el más
profundo espíritu de humildad, padeció incontables adversidades y enfermedades. Durante un tiempo en que el galicanismo
predominaba, permaneció fiel a la Santa Sede.
Perseveró en seguir el consejo de su director espiritual y fue
desprendido de los bienes materiales, siendo también un modelo de castidad.
En los últimos días de su vida, continuó su
apostolado como sacerdote suplente.
Murió en Le Mans el 20 de enero de 1873. Antes de ir a recibir su recompensa eterna, perdonó a todos los
que le hubieran causado un daño en cualquier forma.
Al extenderse su reputación de santidad, el
obispo de Le Mans comenzó el trabajo en su causa de beatificación, iniciando la
etapa de recolección de información entre los años 1947 y 1950. Después de dictado el Decreto de
Introducción de la Causa, con fecha 2 de mayo de 1855, se desarrolló el Proceso
Apostólico entre 1955 y 1957. La
Congregación de Ritos, por un decreto publicado el 23 de octubre de 1959,
reconoció la validez legal de estas investigaciones canónicas. Después de la reunión de los consejeros
históricos, que tuvo lugar el 6 de diciembre de 1994, se llevó a cabo el
estudio habitual para ver si el Siervo de Dios había practicado las virtudes en
un grado heroico. El 31 de enero de
2003, el congreso especial de los consejeros teólogos dio una respuesta unánime
a la cuestión sometida a estudio. Los
cardenales y obispos presentes en la sesión ordinaria de 18 de marzo de 2003,
después de oír el informe del postulador de la causa, el Excmo. Émil Eids,
Obispo titular de Sarepta de los Maronitas, declararon que el Siervo de Dios,
Basile Antoine Marie Moreau, había practicado las virtudes teologales y las
virtudes cardinales relacionadas en un grado heroico.
Luego de la presentación del informe completo
por el Cardenal Prefecto abajo firmante al Soberano Pontífice Juan Pablo II, Su
Santidad recibió la petición de la Congregación para las Causas de los
Santos. La aprobó y ordenó la
proclamación del Decreto sobre las Virtudes Heroicas del Siervo de Dios.
En presencia del Cardenal Prefecto abajo
firmante, del Postulador de la Causa, y mía, Secretario Arzobispo de la
Congregación, y los debidamente convenidos, el Santo Padre declaró
solemnemente: Declaramos que el Padre Basile Antoine Marie Moreau, Sacerdote,
Fundador de los varones y mujeres religiosos de la Congregación de Santa Cruz,
practicó las virtudes teologales de fe, esperanza y amor a Dios y al prójimo,
como también las virtudes cardinales relacionadas de prudencia, justicia,
fortaleza y templanza en un grado heroico.
El Soberano Pontífice ordenó que el Decreto a
este efecto sea publicado y adjuntado a las Actas de la Congregación para las
Causas de los Santos.
Dado en Roma, el 12 de abril del Año de Nuestro
Señor de 2003.
José Cardenal Saraigo Martins, Prefecto
Edouard Nowak, Arzobispo Titular de Luna,
Secretario